“Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacerla, más que en los museos, donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos” Eduardo Galeano.
A diario cientos de cordobeses transitan distraídos por el Pasaje Santa Catalina. Ese de suelos empedrados donde al levantar la vista se pueden ver fotos de rostros, esos rostros desaparecidos pero que siguen presentes en la memoria. Si se gira hacia la izquierda, yendo hacia la Plaza San Martín, las huellas digitales escritas con los nombres de esos rostros son un sello de lo que no se debe olvidar.
No olvidar y construir, esa es la cuestión. El Archivo de la Memoria vive allí, en lo que fuera el D2 o Departamento de Informaciones de la Policía de la Provincia de Córdoba. Y está ahí para preservar, sistematizar y difundir los archivos de la represión.
El Archivo nació con la Ley de la Memoria 9286, y junto con él también surgió la comisión de la memoria, su órgano político. Pero no sólo cumple la función de archivo, sino que también se convirtió junto a La Perla y La Ribera en un espacio de memoria.
RECORRIDO LIBRE
Una vez flanqueada la puerta del Archivo, un laberinto de tristes muros se impone al visitante. No existe un camino delimitado. Tampoco visitas guiadas. El recorrido es libre. Se busca que cada quien transite y conozca de acuerdo a su voluntad. “Llevó muchos meses de debate respecto a cómo señalizar, y si tener un discurso más cerrado o permitir dar lugar a muchas voces. Nosotros queremos respetar el testimonio de la gente y eso llevó mucho tiempo, de leer, de recuperar, de escuchar a las personas que volvían a entrar a este lugar. Que estén los testimonios en las paredes no es una cosa casual, sino una cosa muy pensada”, explica Laura Villa del Área de Comunicación.
El lugar está compuesto por diversas salas y patios. Muros derruidos donde se pueden observar las señales de esos que ahora no están. En medio de tanta tristeza, una biblioteca pintada con toda alegría. Un lugar vivo en el que la memoria se construye a través de libros y revistas. Aquellos que estuvieron prohibidos. “En la Biblioteca de Libros Prohibidos se trabaja el atravesamiento del terrorismo de Estado en la cultura y en la escuela. La biblioteca tiene una diversidad de producciones que fueron o censuradas por el estado terrorista, ya sea lo que ellos llamaban los libros rojos, de filosofía política, hasta literatura infantil”, cuenta Natalia Magrín del Área de Educación.
Cerca de la Biblioteca, otra de las secciones que llama la atención es la sala Vidas para ser contadas, que es “donde se reconstruye las historias de vida, y se trabajan las nociones de proceso de trasmisión de memoria, de subjetivación, de construir este número que es el de 30 mil y poder pensar a los hombres y mujeres desaparecidos desde su vida cotidiana”.
Finalmente, está la sala de escraches, entre las muestras fijas. Luego hay otras con videos, con fotos o intervenciones artísticas que van rotando.
En el medio, un laberinto de sensaciones, de voces, que no fueron escuchadas, pero que hoy pueden reconstruirse.
CHUPINAS DE COLECCIÓN
“Nosotros los alumnos del IPEM…que en este día nos isimos la chupina y sin saber nos metimos para ver de que se trataba y esperabamos no estudiar y aprendimos más de lo que pensabamos”, así rezaba una de las tantas notas en el libro de visitas del archivo. Y de allí nació “Chupinas de Colección”, una serie de cuadernillos para abordar el 24 de marzo en las escuelas.
Esta fue una propuesta que se sumó a las visitas que realizan cada semana los escolares. Desde el jardín hasta el secundario, los colegios pueden solicitarlas y se hacen en formato de taller.
“Pensamos una pedagogía de la memoria. Los talleres se comienzan desde el pasaje Santa Catalina donde se contextualiza, se historiza lo que fue este lugar, donde se piensa el centro clandestino en el medio del centro. Una vez adentro del sitio, se trabaja sobre las marcas de memoria que hay en este lugar, los sentidos que reconstruimos sobre esas marcas, lo que hicimos, como las resignificamos, y las que producimos nosotros los trabajadores, los sobrevivientes, familiares”, explica Natalia. La visita continúa en la biblioteca y luego se hace un taller en la sala Vidas para ser contadas. “Eso permite que la mayoría de los pibes que vienen acá puedan identificarse con algún aspecto de la vida cotidiana, desde el colectivo que se tomaba un compañero desaparecido para ir a la escuela todos los días, que quizás es el mismo recorrido que hace hoy un pibe, hasta el club donde jugaba al básquet. Estas cuestiones nos permiten destotalizar el discurso genocida”.
Lo que se busca es ver la tensión entre pasado y presente, como relata Natalia, para “trabajar sobre las continuidades y rupturas de la práctica represiva. En ese sentido pensar en las construcciones del otro que todavía se elaboran desde los medios, desde el poder, sobre lo que es ser un joven, sobre determinadas construcciones que se van poniendo en juego en el espacio público y que todavía persisten”.
Es una experiencia muy positiva, ya que los chicos se interesan, preguntan, e incluso regresan con sus padres, amigos o novias. Una certeza de que el mito del desinterés juvenil es solo eso: un mito.
Así se conjugan archivos, documentos, signos de un tiempo que no debe olvidarse. Un sitio para mantener la memoria viva, en el aire.
PARA VISITARLO
El Archivo está abierto de martes a viernes de 10 A 18hs. La entrada es libre y gratuita. En el caso de visitas escolares deben fijar con anterioridad el día.
Se encuentra en: Pje. Santa Catalina 66. Tel. 4342449. www.apm.og.ar mail: archivodelamemoria@gmail.com


